Discurso por la discontinuidad en la historia

Christopher Clark, Regius Professor de historia de la Universidad de Cambridge, ha publicado un libro que rastrea los sinuosos senderos que llevaron a Europa a la Gran Guerra. Su obra es un monumental homenaje a la memoria de quienes en ella perdieron la vida, pero también de quienes la sobrevivieron en el ruinoso presente de un pasado que les negó el futuro. Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914, Galaxia Gutemberg, es una obra erudita y bien escrita que responde a muchas de las preguntas que nos hacemos a propósito de una guerra cuyo resultados la asemejan más a un suicidio que a una lucha entre ejércitos enemigos. El libro es también una poderosa llamada de atención contra lo que Henri Bergson llamó la “ilusión retrospectiva” que a posteriori mira como necesidad lo que fue un acto de libertad.

Clark muestra que hasta julio de 1914 la guerra no era inevitable, sino uno de los probables resultados de las decisiones que tomaron los actores políticos libremente, aunque con restricciones contextuales. La lectura de este libro me hizo pensar que la ilusión retrospectiva es la trampa en que hemos caído cuando narramos la historia política del siglo XX mexicano como una trayectoria predeterminada, como un destino ineluctable, llevado a cabo por hombres poderosos y omniscientes —que para los críticos también son responsables de la perversidad del Estado—. A partir de este presupuesto, interpretamos las acciones de estos grandes responsables como si hubieran transcurrido en medio de certezas, sin que interviniera el azar ni la contingencia. Todo estaba previsto.

Es de esperarse que Sonámbulos ponga fin al prolongado debate sobre las causas de la Primera Guerra Mundial, un tema que ha producido cientos de miles de cuartillas y de horas de discusión. Aun así no llegamos a comprender que la Europa burguesa que a principios del siglo XX dominaba el mundo, la Europa próspera y desenfadada de la belle époque, se lanzara a un conflicto en el que todos perdieron casi todo. Pensemos sólo en las aterradoras cifras de las bajas en el campo de batalla. En total se registraron más de ocho millones y medio de muertos, y 21 millones de heridos, muchos de ellos quedaron permanentemente incapacitados. La mayoría eran hombres jóvenes —entre 21 y 35 años— de suerte que estas pérdidas tuvieron un tremendo impacto demográfico, amplias consecuencias sobre el destino de las mujeres de esa generación, la vida familiar y el mercado laboral. Al término de la guerra los países que hasta entonces habían sido grandes potencias: Francia, el Reino Unido y Alemania, se vieron reducidas, algunas para nunca recuperarse, a la condición de deudores de Estados Unidos.

Clark, de manera convincente y elegante, destruye el canon de décadas derivado del libro de Bárbara Tuchman, The Guns of August, publicado en 1962, de que los europeos se habían ido a la guerra bailando y con los ojos cerrados. A lo largo de más de 500 páginas recorre los escabrosos caminos de la política balcánica, reconstruye los conflictos en las burocracias europeas, las intrincadas relaciones regionales en la década anterior a la guerra, la inestabilidad de las alianzas, de las coincidencias y de las rivalidades, y concluye que la guerra fue el resultado de estrategias diplomáticas y de decisiones políticas, pero de ninguna manera un destino fatal al que llegaron los europeos guiados por un impulso superior.

El atractivo del libro de Clark reside en la minuciosa narración de acontecimientos y en la ingeniosa descripción de los poderosos de la época. Pero lo más valioso de este libro para mí es que su perspectiva privilegia el acontecimiento, el corto plazo, y con ello recupera la naturaleza discontinua de la política. En su narración incorpora los componentes que hemos olvidado al escribir la historia nuestra en el siglo XX: la irrupción del azar que modifica una trayectoria que se creía inalterable, el peso de la contingencia sobre la realización de un proyecto, y la incertidumbre inherente a todo proceso de toma de decisiones. Por ejemplo, en la reconstrucción que hace Clark del asesinato del archiduque Franz Ferdinand en las calles de Sarajevo el 28 de junio de 1914, entran en juego los tres factores: fue por azar que el coche en que se transportaba el heredero al trono del imperio austrohúngaro tuvo que desviarse de la ruta establecida porque una calle estaba en reparación. Ahí se topa con el joven nacionalista serbio Gavrilo Prinzip, quien unos minutos antes había renunciado a llevar a cabo el atentado que la organización secreta “La mano negra” había planeado, porque el archiduque no había cruzado la calle donde lo esperaba. El asesinato ocurre en una coyuntura en la que Austria trata de aprovechar el fracaso de los planes expansionistas de Serbia y supone que Rusia no está en condiciones de intervenir. A pesar de que no cuentan con información suficiente, los austriacos hacen caso omiso de la incertidumbre en relación a, por una parte, el respaldo de Alemania, y, por la otra, la intervención de Francia en apoyo de Rusia, en caso de que estalle la guerra.

Según Christopher Clark dos preguntas guían la investigación histórica: el cómo y el por qué. La primera nos lleva a mirar la secuencia de interacciones que llevó a determinados resultados; la segunda, en cambio, nos invita a buscar causas remotas y categóricas: el imperialismo, los nacionalismos, el capital financiero internacional. En ellas se apoyan complejas edificaciones intelectuales, cuyo principal inconveniente es que producen la ilusión de que a través del tiempo se va construyendo en forma constante una presión causal; que los factores se amontonan y se imponen a los acontecimientos hasta sumergirlos por completo. En esta perspectiva los actores políticos son meros ejecutores de fuerzas profundas sobre las que no tienen ningún control. Pero la realidad es otra.

Como se desprende de la historia que reconstruye Clark, la Gran Guerra, al igual que muchos otros acontecimientos decisivos en la historia, fue el resultado de una cadena de decisiones de actores políticos que tenían objetivos claros y precisos, así como diferentes opciones, entre las que eligieron aquella que consideraron la mejor para alcanzar sus metas. El autor no descarta las grandes causas: el imperialismo, los nacionalismos, la sociedad de clases, pero subraya que su valor explicativo dependerá de que el historiador, la historiadora, pueda demostrar que de alguna manera dieron forma a las decisiones que condujeron a la guerra.

La distinción que hace Clark entre el cómo y el por qué me dio la pista para articular la incomodidad que me produce la versión dominante de la historia política del siglo XX mexicano: la que se enseña en las escuelas y universidades, la que domina el discurso oficial y también el comentario crítico. Según esta interpretación los cambios ocurridos el siglo pasado en el Estado, el poder público, las luchas por conquistarlo o por conservarlo, las instituciones de gobierno o la actuación de los ciudadanos, forman parte de un proceso continuo que se inició en tiempos de los aztecas y que terminaría con la pirámide invertida o Dios sabe cuándo, tal y como lo dice Octavio Paz, en una formulación tan atractiva como desacertada. Ciertamente, se identifican momentos de ruptura, pero sólo tres: la Independencia, la Reforma y la Revolución. Sin embargo, ni siquiera los cortes que produjeron estos episodios escapan a la continuidad que es el eje de la explicación. Sin querer hemos caído en lo que el historiador francés René Rémond llama “La gran utopía reaccionaria”,1 a la que se acogen quienes aborrecen el cambio, o quienes lo niegan desde la frustración del presente. La utopía reaccionaria consiste en reconocer las discontinuidades, pero para insertarlas en la gran continuidad donde se diluyen y quedan convertidas en paréntesis que se cierran para que el proceso fundamental retome su curso y se restablezca la cadena de la historia.

Durante buena parte del siglo pasado esta versión estuvo en el corazón del consenso que sostuvo la estabilidad autoritaria de la post-Revolución. El PRI pretendía legitimarse en la continuidad histórica que rastreaba en objetivos nacionales permanentes y vagos: desde el padre Hidalgo los mexicanos buscamos la independencia y la prosperidad. El PRI era el heredero del fundador de la patria porque tenía los mismos anhelos.

La representación de una historia ininterrumpida de esfuerzos por construir la nación fue una de las víctimas de la elección presidencial de 1988. Entonces las oposiciones utilizaron la pretensión de continuidad del PRI para deslegitimarlo, y los supuestos 70 años de su permanencia en el poder dejaron de ser prueba de su capacidad de gobierno para convertirse en testimonio de antidemocracia.

Parece una broma, pero cuando las oposiciones al PRI crecieron y se articularon, no renunciaron al discurso oficial, sólo lo leyeron desde un ángulo negativo. Así que la interpretación continuista de la historia política, por así llamarla, la comparten los defensores del statu quo y los críticos. Unos la aplauden, pero otros la condenan. Las efemérides y los personajes son los mismos, pero la valoración cambia dependiendo del color del cristal con que se miran. Éste no es el problema, sino que al hacer de la continuidad el principio explicativo general de nuestra historia política eliminamos tres de sus componentes esenciales: el azar, la contingencia y la incertidumbre. Al privilegiar la continuidad planteamos, muchas veces implícitamente, que el final del proceso estaba predeterminado porque la causa era siempre la misma: el autoritarismo, el objetivo era el mismo —la construcción de la nación o la concentración del poder—, al igual que el resultado: el éxito del proceso nacional o el autoritarismo.2

Continuidades y cambios son la materia de la historia, y si bien hay aspectos de la vida social como la cultura, la demografía, tal vez la economía, cuya transformación es entendida mejor en el largo plazo, la política está hecha de rupturas. Por más que los historiadores se empeñen en integrarlas en una sucesión lógica, muchas de ellas fueron provocadas por acontecimientos imprevistos, producto al mismo tiempo que generadores de coyunturas específicas. La riqueza de Sonámbulos estriba en que registra y contextualiza acontecimientos que cambiaron la historia de manera irrevocable, porque enfrentaron a los actores políticos a opciones novedosas revestidas de urgencia, mientras imponían un sello de caducidad a las opciones conocidas.

 El primer curso que tomé de historia política de  México a principios de los años setenta es un ejemplo  —admito que excesivo— de la idea del desarrollo político del país como un proceso sostenido lineal, ascendente y acumulativo que nos conducía a la independencia, a la modernidad y al perfeccionamiento nacional. El curso se titulaba “Gobierno y proceso político en México”. El profesor era un forzudo y enérgico miembro del PRI, ambicioso y divertido, que impartía sus clases impostando il discorso, y las convertía en discursos de campaña. La clave del contenido y la intención de la clase estaba en la primera lectura obligatoria de la bibliografía: La vida cotidiana de los aztecas en vísperas de la Conquista, de Jacques Soustelle. Estudiábamos al Tlatoani para que el entonces presidente Luis Echeverría se nos revelara como un producto de la historia, cuyo acceso al poder había sido resultado del impecable funcionamiento de una mecánica que giraba en torno a dos piezas centrales: el PRI en sus diferentes versiones, y el presidente. Todo estaba perfectamente ajustado a la finalidad del proceso: la modernización del país y la independencia. La propuesta no era novedosa. Creo que el presidente Cárdenas fue el primero en identificar la estirpe, y el candidato presidencial Adolfo López Mateos se refirió repetidamente al partido en el gobierno como el partido de Hidalgo y Morelos, de Juárez y de Madero y Carranza.

Así nos enseñaron la historia del PRI como todavía  hoy se enseña: una sucesión de siglas y de fechas cuyo presupuesto implícito es que el proyecto del presidente Calles de 1928 tenía la clara intención de fundar un  partido para monopolizar el poder, por lo menos, hasta  el año 2000. No hay matices ni contextos, sólo el bulto del PNR-PRM-PRI en el poder, y el estereotipo del presidente-emperador. Se nos olvida que el objetivo  de la propuesta callista era uno de cortísimo plazo: resolver la crisis que había provocado el imprevisto asesinato del presidente electo, Álvaro Obregón, antes de que la lucha por el poder provocara una nueva guerra civil.

El PNR fue una salida de emergencia, tanto así que su nacimiento en marzo de 1929 pasó casi inadvertido; la nota del periódico Excélsior que informó al respecto no tiene más de 10 líneas y aparece en páginas interiores. Este acontecimiento en su momento fue visto como un hecho irrelevante. El PNR parecía ser un partido más; entonces había más de cien y nadie sabía que éste sería diferente. Además, Calles tampoco tenía muy claro qué quería o qué podía hacer, ya ni siquiera era presidente. Y si el presidente era un emperador, ¿por qué el presidente Pascual Ortiz Rubio para gobernar le pedía permiso a Calles cuando, en principio, éste era su subordinado? Muchos insisten en que el PNR era un partido totalitario. Nada más alejado de la verdad; su organización era laxa, apenas existente, y Calles nunca habló de formar un partido único. En el discurso de 1928 en el que presentó su propuesta también invitó a la oposición a integrarse a la vida parlamentaria y reconoció su importancia para la consolidación institucional de la Revolución.

A la mejor Calles era un hipócrita, pero la evidencia sugiere que era sobre todo astuto. Además, no sabía si el proyecto de partido iba a cuajar; no tenía la certeza de que los otros jefes revolucionarios lo aceptarían. Esta incertidumbre es comprensible si tomamos en cuenta el contexto en el que toma la decisión: la elite revolucionaria estaba dividida, la estabilidad económica era frágil, y se acercaba el fin de su gobierno. ¿Cuáles eran las características del PNR en 1929 que desembocaron “naturalmente” en el PRI? ¿No será que estamos hablando de dos partidos completamente distintos, tan diferentes como los contextos en que cada uno se formó? Porque el México de la Cristiada es un país diferente del que Manuel Ávila Camacho le entregó a Alemán, con todo y las llaves del PRI. Si descontextualizamos el acontecimiento, como lo hacemos cuando hablamos del PRI como un mero cambio de nombre, convertimos a los actores políticos en esclavos de sus predecesores, carentes de libre arbitrio. Hacemos tal vez un juicio moral, pero no historia. ¿En serio creemos que Calles quería fundar un PRI? Ni en sueños. Se me ocurre que como todo político sensato sabía que no hay imperios que duren mil años, y que sus decisiones podían ser discontinuadas, como ellos mismos.

La principal cualidad de la versión de nuestra historia que me enseñaron mis maestros era su simplicidad. Era facilísimo entender que lo que había pasado antes explicaba el después, porque la cadena ininterrumpida de la historia era casi un movimiento inercial, se explicaba sola a partir de su finalidad. Los objetivos le daban sentido a toda la trayectoria, y habían permanecido constantes en el tiempo prácticamente desde la Conquista. Eran no sólo un puerto de llegada, también eran la estrella polar, la guía de todo lo que había ocurrido después de la llegada de los españoles, de lo acontecido en el siglo XIX, de los sucesos de mediados del XX, y hasta lo que iba a suceder en los años ochenta, noventa y en adelante.

En política cuentan más los efectos que las causas. Tan es así que sólo el tiempo dirá si un hecho es verdaderamente histórico. ¿Cuántas veces se han anunciado decisiones “históricas” que al cabo de una semana nadie recuerda? Pienso en los repetidos intentos de unificación sindical que hubo en el México posrevolucionario, desde los intentos de Lombardo Toledano durante el gobierno de Lázaro Cárdenas hasta el Bloque de Unidad Obrera del diazordacismo. En cambio decisiones aparentemente intrascendentes, como lo fue en su momento la fundación del PNR, con el tiempo revelan su importancia decisiva. No obstante, si de reconstruir una historia se trata, las causas importan tanto como los efectos, y quien se concentra en éstos hace más política que historia.

En un texto que precedió dos décadas al de Clark, el historiador francés René Rémond también plantea la necesidad de reconocer el acontecimiento como resultado del azar y portador de lo inesperado. Sin embargo, a diferencia del historiador británico que ni siquiera se lo plantea, Rémond trata de identificar la relación entre el acontecimiento particular y procesos de largo plazo. Según él, hay sucesos excepcionales que aun siendo contingentes fundan mentalidades porque envuelven a toda una generación. Su recuerdo queda como una referencia cargada de emociones positivas o negativas “hasta que desaparece en el abismo de la inconciencia de la memoria colectiva desde donde seguirá ejerciendo una influencia insospechada”.3 En nuestro caso podemos citar más de una discontinuidad en la segunda mitad de la historia política del siglo XX, que presenta esas características de excepción: el 2  de octubre de 1968, el 1 de septiembre de 1982,  el 6 de julio de 1988, el 1 de enero de 1994. Cada una de estas fechas representa una ruptura que alteró la trayectoria que el PRI y sus gobiernos se habían imaginado. Cada uno de los acontecimientos que evocan: la balacera en Tlaltelolco, la expropiación de la banca,  la fraudulenta elección presidencial que llevó al  poder a Carlos Salinas, el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas, orientó el rumbo de la política mexicana en una dirección imprevista. México no es el mismo antes y después de lo sucedido en Ayotzinapa en septiembre de 2014.

La historia no nos dice cómo va a ser el futuro, sino cómo puede ser. Mientras no lo entendamos así, seremos tan sonámbulos como concluye Clark que eran los europeos en el camino a agosto de 1914: alertas, pero invidentes, perseguidos por sueños pero ciegos a la realidad. Al enseñar la historia política del México del siglo XX como una larga continuidad autoritaria mezclamos el pasado con el presente; representamos una historia sin límites ni fronteras, que por lo tanto no es historia. Constantin Fasolt lo escribe bien: “El pasado es para siempre pasado, ido del mundo para nunca volver. Pero el futuro no será siempre futuro. No se ha ido. Puede aún no estar aquí, pero habrá de llegar. El presente y el futuro están del mismo lado de la frontera que separa al presente del pasado”.4 Mientras sigamos pensando que nada distingue el presente del pasado no podremos imaginar el futuro y tampoco podremos saber bien a bien dónde estamos y hacia dónde podemos ir.

 

1 René Rémond (dir.), Pour une histoire politique, Editions du Seuil, París, 1996, p.386.

2 El historiador británico John H.Elliott en una entrevista inédita que le hizo Roberto Breña para la revista 20/10 El mundo atlántico y la modernidad iberoamericana sugirió que este pecado también se ha cometido en la historia de las independencias americanas, y advirtió a los historiadores que no perdieran de vista que no hay trayectorias prefijadas, que tuvieran siempre en cuenta la contingencia, el acontecimiento imprevisto que puede alterar el curso de la historia. Agradezco a Roberto Breña esta referencia y el permiso de utilizarla.

3 René Rémond, op. cit.

4 Constantin Fasolt, The Limits of History, University of Chicago Press, Chicago y Londres, 2004, p.xvii

 

1 de enero, 2015

Nexos, URL: http://www.nexos.com.mx/?p=23784

 

Soledad Loaeza

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