Ruiz Cortines y Eisenhower: Diálogo de sordos

En octubre de 1953 Dwight D. Eisenhower invitó a Adolfo Ruiz Cortines a la inauguración de la Presa Falcón, construida en la frontera entre Tamaulipas y Texas. Era una ocasión propicia para que se reunieran dos presidentes que llevaban más o menos el mismo tiempo en el poder, pero que hasta entonces no se habían conocido. Al igual que 10 años antes, cuando Franklin D. Roosevelt y Manuel Ávila Camacho se reunieron en Monterrey y en Corpus Christi, el encuentro también fue una doble visita, en la que, como FDR había aconsejado, primero fue el grande a ver al chico, o en sus palabras: “Big dog goes to see little dog first”. El presidente americano cruzó primero a México, al pueblo de Nuevo Guerrero; y luego el mexicano pasó al otro lado, a Laredo.

Ruiz Cortines aceptó la invitación de Eisenhower sin entusiasmo, con cautela si no es que con temor. El combate anticomunista dominaba la política exterior de Estados Unidos, y su agresividad había despertado la secular desconfianza de los latinoamericanos hacia sus pulsiones intervencionistas. El gobierno mexicano quería mantenerse lo más alejado posible de su poderoso aliado, al menos por dos razones: no quería verse involucrado en conflictos que no eran los suyos; y tampoco quería tener que decir “No” a los americanos. Para evadir las previsibles presiones lo mejor era estar lejos de ellos; pero era imposible escapar a la tensión internacional en la coyuntura de 1953, después del insatisfactorio final de la guerra de Corea, y ante la decisión de Eisenhower y de su secretario de Estado, John Foster Dulles, de forzar la retirada de los soviéticos de áreas que consideraban estratégicas para su seguridad.

Los recelos de los mexicanos se justificaban. El cambio más relevante que trajo a México la posguerra fue la transformación de Estados Unidos en una superpotencia. Las asimetrías entre ambos países se agigantaron. En 1954 ese país tenía más de 163 millones de habitantes, México 25; el personal militar americano en activo era de más de tres millones, el ejército mexicano tenía 50 mil efectivos; la superpotencia nuclear americana era además la primera potencia industrial del mundo y uno de los ejes de la estructura del poder internacional. El proceso de industrialización mexicano tenía un buen ritmo, pero estaba en sus etapas iniciales. Poco teníamos en común a no ser una extensísima frontera. ¿De qué y en qué términos, que no fueran de exigencia o de sumisión, podían hablar vecinos tan disímiles?

La amistosa alianza que habían formado México y Estados Unidos durante la guerra se había prolongado en la posguerra; y se había afianzado en el ambiente deteriorado de la Guerra Fría. Es probable que Eisenhower esperara de la reunión una profesión de fe anticomunista firme y definitiva de parte de México. La presencia del director de Investigaciones de la Secretaría de Gobernación, Demetrio Flores Fagoaga, en la delegación que acompañó a Ruiz Cortines a Tamaulipas, indica que los mexicanos pensaron que la seguridad sería uno de los temas a tratar. No obstante, el discurso que pronunció Eisenhower el día de la inauguración sugiere otra cosa, que su intención era proponer el establecimiento de un programa amplio de asistencia. Sin embargo, tan preocupados estaban los mexicanos con la defensa de su soberanía, que no escucharon la oferta. Es muy posible que el encuentro en la Presa Falcón haya sido una oportunidad perdida para reorientar la relación bilateral hacia una cooperación más ambiciosa.

En 1953 Estados Unidos vivía la fiebre del miedo al comunismo, a la expansión de la influencia soviética y a un ataque nuclear. El presidente estadunidense estaba convencido de que los soviéticos habían decidido extender su influencia en América Latina. En este contexto, Ike tenía a su vecino del sur muy presente. Con frecuencia hacía a un lado al Departamento de Estado y le pedía directamente a su embajador que le informara cómo veía la situación mexicana. Le preocupaba la frontera tan extensa, y creía que para protegerla había que contar con la cooperación de los mexicanos. Además, los americanos tenían que estar preparados para, en caso de un ataque nuclear, mover a su población, y para eso necesitaban espacio. Era mejor tener una buena relación con los mexicanos, como con los canadienses.

El balance del secretario Dulles de la relación bilateral antes de la reunión era positivo. Dos eran los principales problemas: el flujo de la emigración ilegal a Estados Unidos y la política del gobierno mexicano de mantener algunas rutas aéreas entre los dos países, reservadas para las compañías de aviación mexicanas. En ese momento ninguno de ellos se consideraba irresoluble y Eisenhower se comprometió a resolverlos.

No obstante lo anterior, no se esperaba mucho del encuentro. Los presidentes tenían poco en común, además de la edad —ambos tenían cerca de 60 años— y de la ocupación: jefes de Estado de dos países vecinos. Más allá de eso eran muy distintos. Uno era un héroe de guerra, varias veces condecorado; en cambio, sobre el otro pesaba la denuncia del general Francisco J. Mújica, que hizo pública durante la campaña electoral de 1952, de que en 1914 Ruiz Cortines había colaborado con las fuerzas americanas de ocupación de Veracruz. Los dos hombres compartían actitudes y posturas en materia de gobierno; por ejemplo, ambos eran de un profundo conservadurismo fiscal, y desconfiaban del comunismo —aunque Ruiz Cortines no lo expresaba abiertamente—. Salvo el “inequívoco rechazo para cualquier acto de injerencia del comunismo internacional en nuestro hemisferio” que emitió en el informe del 1 de septiembre de 1954, en general el presidente mexicano era cauteloso con sus opiniones.

Las personalidades de los presidentes ofrecían fuertes contrastes. El mexicano era serio y reservado, “casi sombrío” —observaba el Departamento de Estado—. En cambio, Eisenhower era conocido por su bonhomía, era un hombre fornido, tenía una amplia sonrisa, bromeaba en las reuniones del Consejo Nacional de Seguridad y le gustaba platicar con los dignatarios extranjeros, incluso si necesitaba un traductor. Le era tan fácil sonreír que en 1955, antes de que iniciara la Conferencia Internacional sobre negociaciones de paz en Vietnam en Ginebra, su secretario de Estado, Dulles, lo amonestó a propósito de los peligros de la sonrisa, que podía ser utilizada por los soviéticos con fines propagandísticos, y lo conminó a que asumiera una “actitud austera”. Adolfo Ruiz Cortines, en cambio, era un hombre tímido, tenía un gesto adusto; reía apretando los dientes y prefería hablar en voz baja.

Según Henry Kissinger, los encuentros de jefes de Estado tienen la virtud de disimular las disparidades de poder, porque generan la ilusión de la igualdad entre individuos que tienen responsabilidades similares. Es posible, pero debe ser más difícil olvidar las diferencias cuando un presidente le saca a otro una cabeza, como ocurría entre Ruiz Cortines y Eisenhower. El encuentro de Tamaulipas cobraba sentido porque el presidente estadunidense creía en la diplomacia personal. Tenía el carácter para eso; confiaba en que el apretón de manos diluía las desconfianzas, y en el efecto benéfico del trato personal. No obstante, no hay que olvidar que detrás de esta simpatía se mantenía alerta el estratega, el combatiente inflexible del anticomunismo que en 1960 en una discusión con su secretario de Estado, Christian Herter, le llamó la atención respecto a prácticas diplomáticas hostiles que ponían en riesgo el apoyo hasta de México “y si allí llegaran los comunistas al poder, tendríamos que ir a la guerra”.

 Eisenhower se propuso conquistar a Ruiz Cortines, quien desde que tomó posesión adoptó un discurso patriotero y defensivo de la autodeterminación, que sin mucha sutileza se dirigía a Estados Unidos sin llamarlos por su nombre. Los primeros meses de su gobierno mantuvo a distancia al embajador Francis White, al que prácticamente no recibía; y tampoco respondía a los mensajes de Eisenhower, como si quisiera demostrar que las acusaciones de colaboracionismo con el invasor eran un malévolo infundio. En busca de una explicación a tan extraño comportamiento, los analistas del Departamento de Estado concluyeron que Ruiz Cortines estaba dominado por la izquierda del PRI, encabezada por Lázaro Cárdenas, y temían una ola de nacionalizaciones.

Es posible que la frialdad del presidente mexicano fuera prudencia. A lo largo de 1953 la tensión entre el gobierno reformista del presidente guatemalteco, Jacobo Arbenz, y el Departamento de Estado, fue in crescendo, mientras la operación “encubierta” de la CIA en su contra era libremente discutida en los medios y en la opinión pública latinoamericanos. Se pensaba, correctamente, que los servicios de inteligencia de Estados Unidos, entonces encabezados por Allen Dulles, preparaban una intervención para provocar la caída de Arbenz. En estas circunstancias, era preferible mantenerse al margen del conflicto que se veía venir.

El 19 de octubre de 1953 el presidente Eisenhower cruzó en coche la frontera para asistir a la inevitable fiesta mexicana desde el balcón de la presidencia municipal de la ciudad de Nuevo Guerrero, la comunidad que reemplazaba al pueblo que quedó sumergido en la presa. El gobierno mexicano había transportado en autobuses adornados con banderitas tricolores y con barras y estrellas a cientos de familias desde Monterrey, Reynosa y Nuevo Laredo. “En medio de estruendosa ovación”, reporta la revista Tiempo, llegó el presidente Eisenhower seguido de su comitiva. Contingentes militares presentaron armas, los clarines tocaron marchas de honor, y luego la banda entonó los himnos nacionales. Después, los presidentes entraron al Palacio Municipal “mientras la multitud prorrumpía en vítores y aclamaciones”. Desde el balcón presenciaron los bailes y escucharon la música folklórica, pero el festejo fue breve muy al pesar de los anfitriones, porque había que inaugurar la presa.

Eisenhower cruzó la frontera de regreso para darle la bienvenida a su invitado, quien atravesó a territorio estadunidense unos cuantos minutos después. Al término de una comida “tan americana como mexicana había sido la fiesta”, los presidentes se colocaron en la línea divisoria que pasa en medio de la plataforma central de la presa, cada uno dentro del territorio de su propio país, para escuchar los himnos respectivos. Pronunciaron sendos discursos y descubrieron simultáneamente las placas conmemorativas.

En su discurso Eisenhower habló de amistad, de la importancia de tener buenos vecinos, de la libertad individual. También se refirió a los problemas de la economía mexicana, a la escasez de capital y de oportunidades de educación, y a la necesidad de asistencia técnica. Ruiz Cortines en su respuesta ni mencionó siquiera los temas que había planteado el presidente estadunidense, y demostró que las prioridades de cada gobierno en relación al otro eran distintas. Después de rendir homenaje a Eisenhower como héroe de la guerra, dedicó la mayor parte del discurso a exponer su compromiso con la defensa de la soberanía nacional y de la autodeterminación, y a rechazar “cualquier forma de hegemonía externa”, porque sólo si se respeta el “indeclinable derecho de los pueblos a ser gobernados por [aquellos a] quienes eligen, en el sistema económico que prefieren” serán buenas las relaciones entre vecinos. De suerte que, mientras Eisenhower intentaba manifestar su interés por los problemas de México y su conocimiento de sus necesidades, el presidente mexicano le advertía que su principal preocupación era la inclinación de Estados Unidos a intervenir en los asuntos de otros. Así, en medio de sonrisas, expresiones de mutua admiración y muchas caravanas transcurrieron dos monólogos paralelos.

Al término de la entrevista Eisenhower atendió a los reclamos de la prensa y, tomando por sorpresa a Ruiz Cortines, le dio “un gran abrazo mexicano” que lo paralizó; necesitó tal vez medio minuto para recuperarse antes de extender la mano y despedirse. Lo mejor de todo es que cada presidente regresó a su respectivo país convencido de que la reunión había sido un éxito porque había podido decir lo que creía importante.

Sin embargo, el comunicado oficial hizo hincapié en las coincidencias entre Eisenhower y Ruiz Cortines en cuanto a la situación internacional, en el compromiso de procurar “una paz duradera”, y en el propósito común de “cooperar con las demás repúblicas de este continente para promover en su integridad la realización de los grandes principios democráticos que constituyen el patrimonio común de las naciones americanas”. Esta declaración era lo que los americanos esperaban del encuentro.

 La actitud distante de Ruiz Cortines hacia el embajador White no se modificó sino hasta después del golpe contra Arbenz, en junio de 1954. A unas semanas de este escandaloso acontecimiento, Francis White recibió una invitación para platicar con el presidente, y a partir de ese momento, según su reporte a Eisenhower, las frecuentes reuniones al anochecer se volvieron una costumbre. White se ufanaba de haber construido una estrecha amistad con el presidente mexicano, de haberlo convencido de que la influencia del comunismo internacional era una amenaza real. Gracias a él, decía el embajador, el presidente mexicano había ofrecido, pero también solicitado, una estrecha cooperación para combatir el comunismo. Es sorprendente que pese a la cercanía con el presidente, el embajador no se haya preguntado si acaso los mexicanos no habían leído lo ocurrido en Guatemala como una advertencia. Tampoco mostró suspicacia alguna cuando Ruiz Cortines le insistió en mantener privadas sus reuniones y la extraordinaria relación que habían desarrollado, pues hacerlas públicas podía acarrearle problemas con una opinión asaz desconfiada.

Éste no fue el único encuentro entre Ruiz Cortines y Eisenhower; pero cada vez se repetían los monólogos paralelos, y cada vez Estados Unidos obtenía una declaración de fe anticomunista, así no fuera más que oblicua, como en este caso, a cambio de nada concreto. Desde esta perspectiva, Presa Falcón es un ejemplo de las capacidades de la política exterior mexicana, pero sobre todo de sus limitaciones.

 1 de octubre, 2014

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Soledad Loaeza

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