Autogol de los hooligans

CARTA DESDE LONDRES

Tres hechos conmovieron a la sociedad inglesa en las últimas semanas: los actos de violencia de los fanáticos ingleses al fútbol en la Copa Europea, la polémica sobre los mecanismos de selección en la Universidad de Oxford y el desdén con el que Estados Unidos mira la actuación de Inglaterra en la Segunda Guerra mundial.

Las esperanzas británicas en la Copa Euro 2000 se vinieron al suelo desde antes que su equipo de fútbol fuera derrotado. Su adversario más poderoso no fueron los alemanes, los portugueses o los rumanos, sino los hooligans que en las calles de Bruselas y Charleroi destruyeron la posibilidad de que Inglaterra sea la sede de la Copa Mundial de fútbol en 2006. Sabían que estaba en juego la decisión de la FIFA; pero nada pudo detenerlos. Los grupos de fanáticos ingleses que viajaron para apoyar a su equipo, en lugar de sólo aplaudir, patear la tarima, tomar cerveza, cantar y bailar, y quizá intercambiar bromas y gestos obscenos con los seguidores de los equipos rivales, como lo hacen todos los futboleros, convirtieron el fin de semana en una pesadilla de violencia verbal y física y en pretexto para pelearse con todo el mundo.

La humillación que sufrió Inglaterra por el comportamiento de los hooligans empezó antes de que llegaran, cuando las policías belga y holandesa describían los preparativos para recibirlos. Hablaban como los oficiales del ejército romano que explicaban las tácticas que iban a utilizar para defenderse de los bárbaros que gruñían como jabalíes en las puertas del Imperio. Los holandeses proponían que en lugar de cerveza se fumaran un buen carrujito de mota en alguna de las cafeterías de Amsterdam donde se sirven, pero los belgas anunciaron que su plan era de cero tolerancia. Tantas prevenciones parecían exageradas. Sin embargo, los hooligans, fieles a su mala imagen, hicieron lo que de ellos se esperaba y dieron motivo para que todos los demás mostraran abiertamente una hostilidad que ya no se sabía si era sólo contra ellos o si se extendía a todo lo inglés.

Desde los años ochenta la presencia de los fanáticos ingleses en los campeonatos de fútbol era sinónimo de gresca y escándalo. Graderíos se vinieron abajo por los combates cuerpo a cuerpo que entablaron con fanáticos de otros países, causando muertos y heridos; con gran regularidad la rivalidad deportiva en las calles termina en furiosas batallas en las que vuelan insultos, patadas, sillas y mesas, se destruyen escaparates, hay golpes y hasta puñaladas. Dos hooligans murieron así en abril en Estambul. Los responsables no han sido identificados todavía y hay pocos indicios de que lo serán porque la policía turca no parece tener muchas pistas ni muchas ganas de encontrarlos.

El sábado 17 de junio la televisión transmitió las imágenes que son ya standard de lo que el dominical sensacionalista News of the World llamó “La sangrienta vergüenza de Inglaterra”: el fanático pelón, que porta la bandera de San Jorge en la camiseta, la cara o el cráneo y lanza enfurecido un tarro de cerveza convertido en peligrosísimo proyectil contra quien se le ponga enfrente. Así ocurrió en Charleroi donde, sin miedo a los más de tres mil dispositivos de la policía belga, antes del partido Inglaterra-Alemania los hooligans atacaron enfurecidos a los alemanes presentes, destrozaron comercios y bares, provocando la inmisericorde intervención de mangueras y macanas; 343 fueron deportados ese mismo día.

Los propietarios que habían sido afectados por los incidentes repetían ante las cámaras: “son criminales”, “son unos indeseables”, “no los queremos ver aquí”, expresiones horriblemente incómodas para los ingleses que aspiran a ser un modelo universal de sociedad civilizada, y que hoy se preguntan qué les pasa a los hooligans, por qué son así.

Lo sorprendente no es lo que hacen sino quiénes son los hooligans. Uno pensaría que se trata de jóvenes desempleados, haraganes que así liberan el exceso de energía y la frustración de la vida en la calle. Nada más alejado de la realidad. El secretario del Interior, Jack Straw, comentó horrorizado ante las cámaras de televisión que muchos de ellos son abogados, ingenieros, respetables padres de familia de edad madura que normal mente llevan una vida plácida y productiva. Parecería que los aires del fútbol provocan en estos hombres encantadores una reacción inexplicable que los convierte en monstruos xenófobos para quienes oír un idioma que no entienden es una provocación o cruzarse con un moreno un deshonor que exige inmediata reparación.

Algunos culparon al gobierno porque les permitió viajar, a diferencia del gobierno alemán que retiró el pasaporte a 8,000 de sus propios fanáticos. No es sorprendente que el gobierno laborista se haya negado a adoptar una medida tan profundamente contraria a las tradiciones liberales inglesas. Otros, en cambio, se limitaron a decir que es un problema cultural y que los hooligans siempre han sido así. Jeremy Paxman recordaba que viajeros del siglo XVII y XVIII reportan con disgusto la relación que establecía la plebe inglesa entre juego y violencia de la que podían ser víctima los visitantes. Un ilustrado académico, Malcolm Deas, opina que la única diferencia con el pasado es que antes se iban con el ejército a las colonias, donde los otros ingleses no veían los desmanes y los no-europeos nada más los sufrían en silencio. Hubo quien culpó a la BBC porque la noche anterior al partido contra Alemania había transmitido un programa sobre la Batalla de Inglaterra que había exacerbado los ánimos populares.

La mayoría de los comentaristas coincide en que el fútbol es el único terreno en el que los ingleses pueden imaginarse el restablecimiento de la supremacía del Imperio, y que por esa razón reanima actitudes patrioteras primarias. Lo cierto es que en Charleroi, los hooligans llamaban Hitler a sus rivales alemanes, o les gritaban a los policías belgas que los ingleses habían ganado la guerra y que si no hubiera sido por ellos Bélgica estaría comiendo sauerkraut.

El semanario tory, The Spectator, insistía en que el verdadero problema del fútbol inglés era el bajo nivel educativo de los jugadores. La mayoría de ellos apenas tiene terminada la secundaria. ¿Cómo pedirles que derroten a los licenciados de los equipos continentales? Concluía que la desventaja seguirá ahí mientras los ingleses se empeñen en que el fútbol sea un deporte de clase baja y no entiendan que el juego necesita además de buena pierna, buena cabeza. El editorial parece suponer que si los futbolistas se ponen a leer libros y desarrollan capacidad de abstracción, tendrían hooligans más sofisticados y con mejores modales.

Te lo digo a ti, Oxford, para que lo oigas tú, Tony Gordon Brown, el ministro de Finanzas, también quiso explotar el tema de la clase social y denunció el “elitismo de Oxford” que, según él, como no admite a un número suficiente de jóvenes de las áreas pobres del país, educados en escuelas estatales, produce élites sin contacto con el pueblo ni sensibilidad social. El motivo inmediato de la acusación de Brown fue el caso de Laura Spence quien, afirmó, había obtenido excelentes en los exámenes de calificación para estudios universitarios, pero había sido rechazada por Magda- lene College porque hablaba con el acento equivocado. Remataba el reproche señalando que Spence había sido admitida en Harvard.

Agitado el avispero se desataron los opinadores, las polémicas en la radio y la televisión, entrevistas con especialistas y mesas redondas. Cada quien sacaba estadísticas que fundamentaban la acusación de Brown o la refutaban. Así, la atención de la opinión pública se concentró por semanas en una de las obsesiones británicas más arraigadas: la clase social. Si lo que buscaba el canciller era distraer la atención a temas alejados de la sobrevaluación de la libra, la disputa por el euro o los míseros aumentos que concedió a los pensionados —como sugirieron los suspicaces—, la verdad es que eligió bien el tema.

Una de las recurrentes preocupaciones de la historiografía y de la sociología británicas es el estudio de las clases y de las élites, de sus formas de reproducción y de renovación. Las universidades de Oxford y Cambridge siguen siendo vistas por grandes sectores de la opinión pública como baluartes del privilegio que únicamente son accesibles a los hijos de los ricos. Parte de la responsabilidad de esta imagen es atribuible al cine y la televisión, que en los últimos veinte años han producido series y películas preciosistas que representan una versión idealizada de los estudiantes de Oxbridge antes de la Segunda Guerra mundial. Sin embargo, ambas universidades son mucho más meritocráticas de lo que permite imaginar la fantasía que alimentan sus edificios medievales y sus bibliotecas ultramodernas.

La evidencia sugiere que la británica es una élite abierta, contrariamente a lo que indican los estereotipos y que en Gran Bretaña hay tanta movilidad social como en otros países industriales. En el último cuarto del siglo XX se incrementó de manera espectacular el número de personas que en una generación pasaron de la clase obrera a formar parte de las clases medias pobladas por administradores y profesionistas. En este proceso la educación ha jugado un papel central porque gracias a ella la integración de las élites sigue siendo un proceso fundamentalmente meritocrático. En 1997, 69% de los hombres más ricos de Gran Bretaña no habían heredado su fortuna, sino que la habían hecho ellos mismos. Habría que leer, por ejemplo, el libro de Margaret Foster, Hidden lives, que cuenta la historia de su abuela, una sirvienta, su madre, una oficinista, y ella misma que gracias a una beca estudió en Oxford y superó el medio obrero en que había crecido.

Como era de esperarse, la universidad ofendida reaccionó ultrajada y presentó todo tipo de cifras para desmentir a Brown. Quisieron demostrar que estaba equivocado, no sólo la información relativa a Spence era errónea, sino que no tenía idea de los mecanismos que había desarrollado la universidad para reformar procedimientos de admisión y evitar los sesgos de clase. Sin embargo, las cifras de un reporte oficial publicado en esos días revelaron que sólo 10% de los estudiantes de escuelas estatales ingresa a las cinco mejores universidades del país, frente al 48% de los que vienen de escuelas privadas. La respuesta fue que no se trataba de sacrificar la excelencia para defender el privilegio, sino de crear más oportunidades para lograr la excelencia. De todas formas actualmente apenas el 50% de los egresados de escuelas estatales son admitidos en Oxbridge, a diferencia de las dos terceras partes que representaban en 1969.

El problema no es que las universidades formen a las élites, para eso son, sino que en lugar de ser un trampolín de movilidad social sirvan únicamente para la reproducción del privilegio. Sólo 7% de los niños británicos van a escuelas privadas; sin embargo, 80% de los miembros del poder judicial, 80% de la oficialía del ejército y la tercera parte de los lores vitalicios fueron educados en esas escuelas. La mitad de los lugares de Oxbridge son ocupados por egresados de escuelas privadas.

Cuando se asentó el polvo que levantaron las palabras del canciller Brown no faltó quien dijera que su verdadera intención había sido llamar la atención sobre Blair, egresado de Oxford y el primer jefe de gobierno británico en treinta años que fue educado en una escuela privada. Pero lo que Brown no le perdona es que le haya arrebatado el liderazgo del partido laborista. Entre ambos existe una relación de mucha competencia, y las crecientes tensiones entre ellos empiezan a producir sacudimientos en el gobierno, agravados porque los desacuerdos entre los ministros están ventilándose en la prensa. De manera inevitable los tories entraron a la discusión. William Hague, educado en una escuela estatal, se lanzó a denunciar al nuevo laborismo que, según él, era una élite liberal—en el sentido negativo que el adjetivo liberal (radical chic) tiene en Estados Unidos— irresponsable, que por simple frivolidad y politiquería desataba de nuevo la lucha de clases. La pulla de Gordon Brown tuvo su costo. El presidente de la Universidad de Oxford. Roy Jenkins, antes cercano a Blair, anunció que no se le otorgaría el doctorado honnoris causa que normalmente reciben los primeros ministros. Ya son dos ilustres egresados de Oxford a quienes su alma mater les niega ese honor. Tony Blair y Maggie Thatcher.

Americanos abusivos A los ingleses les gusta creer que los americanos los miran como si fueran sus hermanos mayores. Sin embargo, en las últimas semanas han tenido la oportunidad de constatar que los americanos no son hermanos de nadie. Una nueva producción de Hollywood, que cuenta la historia de cómo los aliados rompieron el código secreto de los alemanes durante la Segunda Guerra mundial, hace de los soldados de Estados Unidos los héroes de una empresa en la que en realidad jugaron un papel menor al lado de los británicos. No es la primera vez que ocurre. En Gran Bretaña difícilmente se le perdonará a Errol Flynn, que era australiano y que por eso debía una lealtad mínima a la Corona, que hubiera aceptado representar a un oficial americano en una película sobre la guerra en el Pacífico, en la que los británicos aparecen como personal de apoyo en una misión en la que en realidad los yanquis fueron los segundones. La misma queja se escuchó a propósito de la película del soldado Ryan.

Nosotros estamos acostumbrados a que los americanos reescriban la historia a su favor; pero que usurpen el lugar de honor que toca a los británicos en la guerra contra Hitler y los nazis es más de lo que puede soportar la sensibilidad británica. Sobre todo porque un dato central de la identidad nacional de hoy en día es el heroísmo de su resistencia durante la Segunda Guerra mundial. Para colmo, salieron a la luz documentos que muestran que Walt Disney se negó a cooperar con el gobierno británico en un esfuerzo de propaganda anti-nazi, porque no quiso comprometer el mercado internacional de sus producciones, que durante toda la guerra siguieron exhibiéndose en Alemania.

Pero no contentos con querer robarles su historia, los americanos se erigieron en conciencia moral en materia de sociedad civilizada para señalar con dedo ñamígero las tasas de criminalidad en Gran Bretaña y describir a su sociedad como “la más violenta del mundo occidental”. A finales de junio un reportaje de la cadena norteamericana CBS afirmó que los hooligans eran solamente “la punta del iceberg” de la violencia en ese país y que la seguridad en las calles de Nueva York era muy superior a la de las calles londinenses.

La denuncia provocó una sofocada reacción de ultraje. Otra vez hubo polémica, entrevistas, mesas redondas, expertos, estadísticas para demostrar la mala fe de los americanos, la manipulación de la información y los riesgos de un reportaje de este tipo para la industria turística —cuatro millones de americanos visitan anualmente Gran Bretaña—. Entrevistado el corresponsal de CBS responsable del

reportaje, dijo, mientras caminaba tranquilamente por la calle en Londres, que sí, que él creía que había gravísimos problemas de seguridad, mientras que su colega británica, exasperada, miraba a su alrededor la placidez del entorno. Lo único que puede uno pensar es: ahora sí, para que vean lo que se siente.

1 de agosto, 2000.

Nexos, URL: http://www.nexos.com.mx/?p=9711

Soledad Loaeza

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