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Parecería que para Andrés Manuel López Obrador, la noción de que la única forma de democracia posible es la democracia directa, que ejerce el ciudadano (la ciudadana) sin intermediarios, tendría que saber que para otros la democracia directa como se supone que se ejerció en la consulta sobre el NAIM, equivale a negar la posibilidad de que exista la democracia. Desde los tiempos de Rousseau, y antes, se sabía que era un ideal imposible de aterrizar en la realidad así no fuera más que por problemas logísticos. Más allá de las obvias dificultades que supone organizar la participación de millones de ciudadanos, pedirles que voten las decisiones de gobierno que normalmente presuponen información especializada, explicaciones, debates, comprensión de los argumentos en que se apoya, es lo mismo que pedir un voto a ciegas. Como la ciudadanía no tiene acceso al conocimiento que le permite elegir la propuesta que más conviene a sus intereses, resulta que su voto será un acto de fe en la autoridad. Y nosotros que nunca le creemos a la autoridad, ahora tendremos que hacerlo, pues es eso lo que se nos pide que dejemos en manos del gobierno las decisiones. Todas.

La consulta a propósito de la construcción del nuevo aeropuerto dejó en claro que de generalizarse el método de las consultas, tal y como lo ha anunciado Andrés Manuel López Obrador, el Congreso ha perdido razón de ser. La verdad es que yo hubiera esperado que mi diputado(a), mi senador(a), me explicaran este asunto. Para eso están, para ser correas de transmisión entre la ciudadanía y el gobierno, para conectarnos y para representarnos. Si las grandes decisiones de gobierno las van a tomar los ciudadanos que participen en las consultas organizadas por el señor presidente, me atrevo a apostar que serán decisiones como la de Santa Lucía, tomadas antes de que se lleve a cabo la consulta, y participará en ellas el uno por ciento del electorado. Así, que si ya nos preocupaba lo que nos explicó Piketty, que la riqueza en el mundo se concentra en el uno por ciento de la población, un fenómeno que se reproduce en México, ahora nos tiene que preocupar que el poder político se concentre en el uno por ciento de los electores que serán muy probablemente, los fieles de Morena que le creen todo, o que hacen como que le creen, ya se lo harán pagar (el apoyo) de otra manera.

Veo en ese futuro nuestro pasado inmediato. Un gobierno, dominado por una minoría homogeneizada por la fidelidad al señor presidente, y que será todavía más pequeña si se sigue adelante con esta peregrina idea de reducir en 30 por ciento al personal de la administración pública; una minoría que no se funda en una jerarquía del conocimiento o de la experiencia, sino que se apoya en el puro sentimiento, en la subordinación a las creencias y propuestas del señor presidente, incluso sin discutirlas. Y el señor presidente, ya nos lo dijo, no se deja gobernar más que por el estómago (de ahí que le haya declarado la guerra a los fifís –que le “chocan”), y por el corazón (de ahí que encuentre un modelo en el presidente Donald Trump) al que no lo gobierna la cabeza, sino sus sentimientos –buenos y malos–, alguien diría que la tripa.

El problema que Andrés Manuel López Obrador nos plantea es que resulta que es –o debe ser– presidente de todos los mexicanos, y no nada más de los que le caen bien, que para colmo, gradualmente nos vamos enterando de que no son tantos. Gobiernos de minorías tuvimos desde siempre, hasta que llegó la democracia y le inyectó vitalidad al Congreso; ciframos nuestra esperanza en la acción de nuestros representantes legislativos. Ahora sabemos que diputados y senadores son los verdaderos adversarios del presidente, y que probablemente estemos de vuelta en el mundo de los gobiernos que toman decisiones a espaldas de la opinión pública para después legitimarlas o imponerlas con base en el argumento de que el señor presidente –en su infinita sabiduría– sabía que era lo mejor.

Soledad Loaeza

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