La odiosa comparación

Dicen que las comparaciones son odiosas, pero lo que es peor, pueden ser por completo desatinadas y en lugar de ayudarnos a entender una política, una oferta partidista, un liderazgo, nos confunden más. Así encuentro la comparación que muchos han dado en establecer entre Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador, y me detengo en ella porque la carta que el virtual presidente electo mexicano envió al presidente de Estados Unidos hace unos días, encuentra paralelismos con el peor presidente que ha tenido ese país desde su fundación.

Nada más desafortunado. Decir, como dice AMLO en la carta mencionada, que ambos cumplen lo que prometen, es ignorar que Trump ha sido reconocido como un mentiroso patológico; afirmar que luchan por la misma causa, derrotar el establishment, es hacer a un lado el hecho de que Trump es un billonario que se dedica a los negocios incluso en estos momentos, es decir, inclusive como presidente de Estados Unidos aprovecha sus viajes al exterior para promover sus clubes de golf y sus hoteles. Este comportamiento nada tiene que ver con la honestidad valiente que pregona AMLO.

Afirmar que ambos luchan contra las élites es callar el hecho de que Trump introdujo una reforma fiscal que representa una reducción sin precedente de los impuestos que pagan los ricos. Esta reforma se va a reflejar en los presupuestos de las instituciones de asistencia social, que afectan directamente a los pobres. Si el lema de campaña de AMLO ha sido Primero los pobres, el de Trump podría ser Primero los ricos, y de los pobres ni me acuerdo.

Puedo imaginarme que el politólogo que muchos creen que traen en la cabeza, ese mismo que llevó a unos economistas neoliberales a clasificar a José López Portillo como populista, aunque nunca lo haya sido, concluyó que todos los populistas son iguales, y que caben en el mismo costal Macron, Podemos, Boris Johnson, Maduro, Hugo Chávez, Donald Trump y AMLO.

Pues no es así. La noción de populismo en la que hoy todos los mexicanos nos creemos expertos porque así nos educaron los neoliberales en el poder, es un instrumento analítico más complejo que el insulto en que se ha convertido. Ahora, sólo falta que sustituyamos ese verbo tan mexicano al que Octavio Paz le dedicó varias páginas en el Laberinto de la Soledad, con el término de moda. Acabaríamos las discusiones con un tajante ¡Vete a ver a tu populista madre. En lugar de llamar a algún necio, o necia, ¡idiota! Lo llamaremos enfáticamente ¡populista!

La noción de populismo que ahora se utiliza con tan grande liberalidad se refiere a fenómenos muy distintos. Nada más las razones de su resurgimiento en Estados Unidos y en Europa, son muy distintas de aquéllas que lo trajeron de regreso a América Latina.

Pensemos simplemente que una de las características de los populismos en los países ricos es la exclusión. La motivación más poderosa de los millones de personas que se han movilizado en apoyo a Trump, es el rechazo a la migración. El objetivo es excluir a los migrantes de la vida nacional, y como es un racista su intención también va dirigida a los negros. El presidente de Estados Unidos ha llegado a proponer que sean despojados de la nacionalidad estadunidense incluso aquéllos que habiendo nacido en territorio nacional sean hijos de padres naturalizados o extranjeros.

El populismo latinoamericano, en cambio, es incluyente. Margina a las élites, pero más allá de la mafia del poder, abre sus puertas a todos los que están abajo, en medio y afuera. Es una fórmula mucho más generosa que los populismos de los países ricos, porque éstos quieren deshacerse de los que están más abajo y afuera.

Mientras más lo piensa una, más descabellada es la comparación Trump-AMLO, pensemos solamente que aquél exhibe la más dura crueldad al separar a los niños de sus papás, mientras que López Obrador despliega una empatía natural con los más desfavorecidos que explica parcialmente su triunfo.

También habría que pensar que hay populismos de campaña electoral, populismos en la oposición y populismos en el gobierno. Las diferencias entre ellos no son sólo de matiz. Recientemente, casi todos los candidatos a cargos de elección popular hicieron campañas populistas, ¿qué quiere decir eso? Sencillamente que le prometieron todo a todos. Ya veremos si lo cumplen.

El populismo en la oposición habrá de señalar a sus gobiernos las omisiones, la falta de compromiso con los de abajo; y una tercera opción es el populismo en el gobierno. En este caso, normalmente, las responsabilidades de gobernar tienden a disciplinar al presidente y a los secretarios de Estado y es posible ver cómo cambian de piel, una vez que entendieron que prometer todo a todos es el camino seguro al fracaso. Me pregunto porqué AMLO tuvo que compararse con Trump. Franklin D. Roosevelt es gigantesco e incomparable, pero ¿Trump? ¿Está usted seguro?

Soledad Loaeza

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